Fotograma de "El espíritu de la colmena" (1973), de Víctor Erice - Foto: mueredecine, en Flickr

Fotograma de “El espíritu de la colmena” (1973), de Víctor Erice – Foto: mueredecine, en Flickr

Víctor Erice ha vuelto a dirigir. No es un largometraje, sino un episodio de la película Centro Histórico, en la que cuatro directores de cine -Erice, Aki Kaurismäki, Pedro Costa y Manoel de Oliveira– filman historias que transcurren en Portugal. Ha ocurrido en 2012. ¿Alguien se ha enterado? Más aún: ¿quién es Víctor Erice? Un dios para algunos críticos, un farsante para otros. Un total desconocido para la mayoría de la población.

Cuando Víctor Erice (Carranza, Vizcaya, justo en la mitad de 1940) cuenta por qué El Sur (1983) -uno de sus tres largometrajes- fue una película inacabada, hace cine con la palabra. Lo vemos y oímos explicar qué hace Estrella, la joven protagonista, cuando la película publicada termina y no queda nada que ver… con los ojos. El cine de Víctor Erice es un cine de rememoración, de recuerdo. El cine de Erice intenta sostener agua en la punta de los dedos. Lo dice con sus palabras Antonio López -arquetipo del artista obsesionado con la relación entre realidad y representación- a partir del minuto 2:08:

Tres largometrajes, hemos dicho: El espíritu de la colmena (1973), El sur y El sol del membrillo (1992). También hay algunos mediometrajes, anuncios y documentales. Pero no es lo mismo. Un director de cine lo es porque hace películas. Víctor lo es, pero hace pocas: por eso es un cineasta atípico. Quizás para él -sin olvidar la financiación o la distribución, que están siempre alrededor de la obra cinematográfica- las imágenes llegan de fuera y cuesta mucho controlarlas, o incluso comprenderlas, como el incomprensible trajinar de las abejas al que alude cuando habla sobre El espíritu de la colmena:

El título, en realidad, no me pertenece. Está extraído de un libro, en mi opinión, el más hermoso que se ha escrito nunca sobre la vida de las abejas, y del que es autor el gran poeta y dramaturgo Maurice Maeterlinck. En esa obra, Maeterlinck utiliza la expresión ‘El espíritu de la colmena’ para describir ese espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer, y que la razón de los hombres jamás ha llegado a comprender.

En Erice podemos ver uno de los grandes conflictos del arte: hablar del arte en sí mismo o del mundo que lo rodea. Erice intentará hacer un realismo poético: hará crítica social envuelta en una forma y un estilo que busquen la belleza. Intentará tratar el cuadro y lo que rodea al marco. En mi opinión, aunque pretenda siempre aunar ambos, siempre se inclinará por un cine introspectivo, de pausas, con la serenidad de la obra de Ozu y Mizoguchi -dice Juan Cobos- y un “sombrío carácter vasco”, según Carmen Arocena. Es el propio Erice quien nos da pistas para adivinar esa unión de cine y realidad social en la raíz de su vocación:

El cine para la gente de mi generación era el lugar de la revelación. Era una ventana abierta al mundo en una época en que España era un país siniestro y cerrado. Te permitía ser ciudadano de ese mundo en vez de súbdito del caudillo. Era un lugar de evasión y aprendizaje, un país sin fronteras. Mis amigos los hice en el cine, compartiendo y descubriéndonos complicidades a partir de las películas.

Una vez dos señoras salieron del cine después de ver El espíritu de la colmena. Ambas comentaban la película acudiendo cada poco a la misma frase: “Pues yo no he entendido nada”. No hay que pensar que el cine de Erice es un cine críptico, en el que todo el contenido reside en un aparato teórico externo a la obra de arte -Erice no es el Malevich del cine-. Aquí hay sentido, emoción y humanidad. El espíritu de la colmena El sur están protagonizados por niños. Siempre hay personajes adultos con una carga semántica importante, pero siempre son parte de la constelación que orbita alrededor de los personajes más jóvenes. Dice Arocena:

En sus películas, Erice ha analizado, sirviéndose de un estilo cercano a la poesía, tanto un periodo de la historia de este país, el franquismo, como un periodo de la historia de todos los seres humanos, la infancia.

Efectivamente, sus dos primeros largometrajes transcurren durante el franquismo -se nota más en El espíritu de la colmena-, aunque la dictadura no aparece per se, sino a través de su influencia en los escenarios, en los personajes. El silencio, que tanta importancia tiene para él, es una señal de la falta de libertad. Más tarde, en El sol del membrillo, parece como si Erice, alejado ya de su intención primera, rompiera con sus dos primeras películas: rueda entonces un inmenso documental que deriva hacia los terrenos de la mirada en la pintura y en el cine, llegándose a olvidar de muchas de las marcas conscientes de este último:

No se escribió ningún diálogo. A veces sabíamos de lo que se iba a hablar, pero otras ni siquiera eso. La verdad es que para hacer esta película he prescindido de casi todo lo que sabía o creía saber acerca del cine.

(138 minutos sobre un pintor que intenta pintar un membrillo, sin aburrir. Tremendo.)

Lo que sí comparten estos tres largometrajes son aspectos como la búsqueda del conocimiento o los efectos de la sociedad y de la experiencia en la identidad. Por ello, las ausencias, los temores, la imaginación…; es decir, cualquier desvío de una vida plácida y lineal -y aburrida- será importante para Erice. La incomunicación entre padres e hijos, los amores secretos, la sensación de que, cuando creemos estar a punto de tocar lo que buscamos, esto se aleja sin remedio. “Siento una gran timidez para tratar de decir cosas que no van a ninguna parte”, dice el director vasco. Quizás por eso transcurrieran diez años de media entre cada película que hacía. Por eso, y por su perfeccionismo. En esta edición de Qué grande es el cine, una de las ideas que se discuten es la sensación de que Erice ha pensado -ha filmado- sus películas antes de rodar. En eso se parece a Hitchcock.

Lo que siempre se me viene a la cabeza al hablar de Erice es uno de los temas que acompaña a El sur: la quinta de las Danzas españolas de Enrique Granados: la Andaluza. Siempre que lo escucho, pienso en la Andalucía que Víctor no pudo nunca filmar. Allí vivió durante algunas temporadas. Ya había seleccionado las localizaciones en Carmona (Sevilla). Ya había hecho un casting de los personajes. Todo eso quedó como un hueco de cuarenta días en el plan de trabajo. Su productor, Elías Querejeta, le dijo a Erice que había problemas de financiación y, con la película sin terminar, llevó un montaje de lo filmado a Cannes, donde estuvo nominada a la Palma de Oro. Erice asistió a regañadientes al festival, convencido por la directora de cine Pilar Miró. Tras el festival, Erice y Querejeta, amigos, terminaron su relación profesional y personal. Esta casualidad hizo de su película parte más de su arte: no hay un final proyectado de El sur. Pero cada persona que la ha visto sabe cómo acaba. Es como lo que ocurre con todas sus películas. Está dentro de nosotros.

Fuentes:

Arocena, Carmen, Víctor Erice, Madrid, Editorial Cátedra, 1996

¡Qué grande es el cine! sobre El sur

Entrevista a Erice en El País y en El Mundo

Reportaje de Elsa Fernández-Santos sobre “El sol del membrillo” en El País

Biografía de Erice en decine21.com

Fotos: Flickr (mueredecine)

Vídeos: Youtube (limonero y PALABRASSILENCIADAS)