Luis Alberto de Cuenca en unas charlas de la Casa de América - Foto: Casa de América, en Flickr

Luis Alberto de Cuenca en unas charlas de la ‘Casa de América’ – Foto: Casa de América, en Flickr

No nos dejemos engañar por su expresión adusta ni por su traje. El hombre que aparece sobre estas líneas es poeta, pero no es aburrido. De hecho, un poeta no debería ser aburrido, pero esa relación de tedio y arte es un tema que da para muchas otras entradas. Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) es, a sus 63 años, un muchacho. Hace un año, Loquillo lanzó un disco con sus poemas. ¿Un rockero cantando a un poeta? ¿No era ese terreno exclusivo de cantautores y miembros de la generación del 27? ¿Es Luis Alberto de Cuenca un poeta inusual? Se puede decir que sí. Habla su biografía.

Vivir cada nueva mañana como un triunfo, como un milagro: he ahí el camino que conduce a la calma. […] Eso es, amigos, la literatura: un roble que hunde sus raíces en la vida de los hombres y proyecta sus ramas hacia la indiferencia de los dioses. A su sombra, las mañanas son siempre triunfantes.

Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca es un enamorado de la filología clásica, del mito y de la lectura. Es un poeta que trabaja en el CSIC como Profesor de Investigación, que ha circulado por los terrenos de la política -fue Subsecretario de Cultura con Aznar-, que dirigió la Biblioteca Nacional. Es alguien cansado de todo eso. Es alguien que recibió un premio de la crítica por traducir un cantar de autor anónimo del que un servidor no había oído hablar jamás: el Cantar de Valtario. Es alguien capaz de escribir en una columna para ABC lo siguiente:

“Víctor Hugo, en «Booz endormi», poema perteneciente a «La légende des siècles», recrea la leyenda de Rut, la linda espigadora, y del viejo Booz. Recuérdese que de la unión entre Rut y Booz nacería Obed, abuelo de David, y que de la estirpe de David nacería el Mesías muchos siglos después, lo que confiere a la historieta bíblica una especial importancia.” (24/02/1998)

Es el compositor del tema “Caperucita Feroz” -sí, el de “Hola, mi amor: yo soy tu lobo”-. Es un hombre de derechas que no considera la cultura como algo propio -él critica que la izquierda suele hacerlo-. Tiene 35.000 libros y tebeos -libro arriba, libro abajo- en su casa. De hecho tiene una casa para ellos y otra para él. Su pasión por la poesía se la infundieron en gran medida la Antología Palatina y Juan Ramón Jiménez. Se lee entre siete y diez libros a la semana. En él se pueden aplicar las palabras que Robertson Davies escribió sobre Rabelais: “Rabelais era maravillosamente culto porque aprender le divertía y ésa es, a mi juicio, la mejor justificación del estudio. No la única, pero sí la mejor.” Tiene un reloj de Tintín. Tiene figuritas de Conan el Bárbaro, de la niña de Monstruos S.A., de Sherlock Holmes, del agente Smith de Matrix, de Mickey Mouse, del pato Donald. Tiene todas las temporadas de Los SopranoThe Wire y la primera traducción del Hamlet de Shakespeare al castellano realizada en 1798 por Moratín. Es amigo de Michel Houellebecq y de Fernando Sánchez Dragó. Compartió escuela y escenarios con Fernando Savater -ambos interpretaron papeles de Macbeth en el colegio-. (Por cierto, su frase favorita de Shakespeare es la que encabeza este blog.) Su primera novia, Rita, murió a los 19 años en un accidente de tráfico. Por ella se cambió de carrera: el segundo año de Derecho se lanzó de corazón a estudiar Filología Clásica. Rita y Shakespeare han sido los dos momentos fundamentales de su vocación literaria. Le fascinan los nombres propios y leer diccionarios enciclopédicos. Le encanta el cine americano (“Para mí decir ‘cine’ y decir ‘cine norteamericano’ es redundante”). Le entusiasman la literatura fantástica y los monstruos (“La gente normal me dice poco”), considera a Drácula “una novela perfecta desde el punto de vista literario y estructural”. Tiene una forma mítica y trascendental de entender la vida (“Yo creo que uno nace escritor, como uno nace asesino o santo. Para ser un buen escritor hay que haber sido favorecido por los dioses para serlo. Ni más ni menos.”), pero mantiene los pies en el suelo porque siempre habla de la experiencia. No se considera un poeta de la experiencia como Luis García Montero o Álvaro Salvador, aunque se parece mucho a ella: lo que hace es añadirle un rasgo culturalista. Sus obras están pobladas de alusiones hipertextuales (es decir, de referencias a otras obras: del cine, de la novela negra, del cómic, de la épica).

Y ahora, hablemos de él.

Luis Alberto de Cuenca, rodeado de libros.

Luis Alberto de Cuenca, rodeado de libros. – Foto: Pablo A. Mendivil, en Flickr

Luis Alberto de Cuenca adora a la mujer (una mujer siempre con nombre propio). No puede hacer otra cosa quien escribe esto: “La tierra estaba seca. / No había ríos ni fuentes. / Y brotó de tus ojos / el agua, toda el agua.” En su obra hay ciertos nombres de mujeres que se repiten como estaciones: Rita, Inés, Mercedes, Alicia. Es la mujer en todas sus facetas: la mujer casada, la mujer amante, la sombra de la mujer (otra sombra, y otra, y otra). La mujer como un obstáculo y como algo que nos produce una fascinación contradictoria (“Mira que las deseo. / Y qué poco me gustan.”) Sí, habla de la mujer en algunas de sus históricas encarnaciones. Pero la que le interesa es la mujer con la que ha vivido: la mujer humana.

Convéncete primero de que le caes simpático, / de que lo pasa bien cuando sale contigo. / Llévala a casa luego, sírvele un par de copas / y, en un momento dado, mordisquéale el cuello. / Unas veces querrá pasar al dormitorio, / otras alegará una indisposición / y otras te contará su vida por entregas. / Muéstrale en cada caso la dosis de cariño / que te pidan sus ojos. Sé generoso siempre. / Trata de conservarla como sea a tu lado. / Sin ella, sin tu musa, no eres nadie, poeta.

“Tu musa”, de Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca es consciente de que la fantasía es un barniz que no oculta por completo la realidad. Debajo, marcando sus perfiles, se acumulan el hastío y la melancolía: “Las mujeres te habían retirado / su protección, los dioses su asistencia / y la literatura su cobijo. / Fueron tiempos difíciles aquellos”. También la vergüenza y el remordimiento. Qué gilipollas se tiene que sentir el yo poético en estos versos: “La noche había sido muy larga y muy oscura. / Quería oír tu voz. Que tus dulces palabras / me trajeran un poco de calma. Que el cariño / que sentías por mí viajara por teléfono / hacia mi corazón maltrecho y derrotado. / Quería oír tu voz y oí la de tu amante.” Sin embargo, la ilusión será un manto salvífico, aunque sepamos que es falso y voluble en su raíz:

Vamos a ser felices un rato, vida mía, / aunque no haya motivos para serlo, y el mundo / sea un globo de gas letal, y nuestra historia / una cutre película de brujas y vampiros. / Felices porque sí, para que luego graben / en nuestra sepultura la siguiente leyenda: / “Aquí yacen los huesos de una mujer y un hombre / que, no se sabe cómo, lograron ser felices / diez minutos seguidos.”

“Vamos a ser felices”, de Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca habla del tiempo perdido y del tiempo presente y de los momentos felices, que tan rápido se desvanecen. De los amigos que ya no están pero que viven en el recuerdo del yo poético. Y esos amigos pueden ser personas o animales (que en mi funeral digan el último verso). Su poesía nace de la estética de la claridad (es decir, una poesía que se entienda) y de la ética del placer. Para ello, muchas veces se apoya en los clásicos. Es, en su amargura, una poesía vitalista y valiente.

Luis Alberto de Cuenca habla de la vida en las ciudades: “Lo humano está muchísimo más presente en las ciudades que en las comunidades más pequeñas. Cualquier persona que haya vivido en una aldea o en un pueblo sabe hasta qué punto es terrible la conjunción de odios, amores, envidias, que puedan surgir en comunidades pequeñas. El anonimato de las grandes ciudades es mucho más humano que el mundo rural.” Aunque lo mezcle todo y lo aleje de su armonioso y perdido origen. La desordenada realidad está siempre presente, como ya hemos dicho:

Nunca llega a juntarse la realidad con la literatura. Pero son paralelas que circulan muy cerca la una de la otra, son muy próximas. Lo que ocurre es que el poeta, cuando escribe un poema, de algún modo traslada la responsabilidad de ese poema a un yo ficcionalizado que no deja de ser él pero que a la vez es su personaje. En ese sentido, la realidad es la única fuente de cualquier creación artística o literaria. No tenemos otra cosa que la realidad. Evidentemente, esa realidad la trascendemos mediante el arte, pero es nuestro alimento, nuestro sustrato: sin ella no seríamos nada.

Dice Luis Alberto de Cuenca que si se emplea el lenguaje coloquial con una intensidad suficiente, se convierte en lenguaje poético.

Dice Luis Alberto de Cuenca que la poesía es gratuita, algo que no puede decirse de la novela: “El poeta está en cualquier sitio -viendo una película, en la duermevela del sueño, conduciendo rumbo al trabajo-, y de repente tiene la sacudida mental de un verso, de una palabra, de una imagen, de una metáfora, que luego posibilita la escritura del poema completo.”

Era una mujer llena de palabras y ambigüedades, una mujer maravillosa.

Menuda sacudida.

Fuentes

Poesía 1979-1996, Luis Alberto de Cuenca. Edición de Juan José Lanz. Madrid, Cátedra, 2006

Cervantestv

Poemas: A media voz, regalandopoesia.blogspot.com.es, nadiesalvoelcrepusculo.blogspot.com.es, elalmiranteruina.blogspot.com.es, versosobreverso.blogspot.com.es, www.elpontdeparaules.com, poemacadadia.blogspot.com.es, www.certepatet.es, elmotordetinta.blogspot.com.es,

Fotos: Flickr (Casa de AméricaPablo A. Mendivil)

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